Síndrome del viajero eterno

síndrome del viajero eterno

¿Sabías que existe un Síndrome del Viajero Eterno o Choque Cultural Reverso? Hace un tiempo que supe de su existencia y desde entonces aparece de vez en cuando por mi cabeza. Es un síndrome que se puede dar cuando personas que han pasado largas temporadas viajando o viviendo en otro país vuelven a su lugar de origen.

Hace unos días te contaba los síntomas evidentes de que te estabas alemanizando. Hoy te cuento una posible consecuencia de esta alemanización. Pero ojo, esto no es exclusivo de los que nos hemos venido a Alemania. Cualquiera que haya vivido una temporada fuera de su país y regrese, puede llegar a sufrirlo. De hecho, si te has ido alguna vez de Erasmus probablemente te suene más de lo crees 😉 .

Ya te he comentado alguna vez que son varios los amigos (españoles) que están deseando volver. Muchos de ellos lo consiguen. Sin embargo, mi sorpresa cuando hablo con ellos una vez instalados de nuevo, es que no es todo como se lo habían imaginado. Empatizo muy bien con sus historias y, entre tu y yo, tengo mis sospechas de que a mi no me vaya a pasar lo mismo llegado el momento. Pero, ¿en qué consiste este síndrome y cuales son las causas que lo provocan?

Síndrome del viajero eterno

Según varios estudios realizados por la escritora Corey Heller, se trata de una sensación de ansiedad y extrañeza que pueden experimentar hasta dos de cada tres personas que, después de vivir un tiempo prolongado en el extranjero, deciden volver a su país de origen. El reto consiste en adaptarse y retomar la vida que dejaron allí.  Este síndrome será tanto más severo cuanto más prolongado haya sido la estancia en el país extranjero, y mayores hayan sido las diferencias culturales entre el país de origen y el de acogida. ¿Qué causas lo provocan?

Idealización de lo que se dejó atrás

Cuando llegué a Alemania venía con mucho equipaje y sobre todo mucha ilusión. Estaba super receptiva a aprender el idioma, conocer gente nueva y adaptarme a un nuevo estilo de vida. Estaba deseando de cambiar de aires y sabía que no me costaría mucho trabajo acostumbrare a mi nueva vida.

Conforme pasa el tiempo, te das cuenta de que en en tu país de acogida también hay cosas que no funcionan como deberían. Poco a poco sufres un proceso de decepción y empiezas a valorar, llegando en ocasiones a idealizar, lo que dejaste en España. Este proceso continúa hasta que puede llegar el momento en que no aguantes más tu país de acogida. Tu trabajo ya no te gusta, tus compañeros son unos sosos y tu jefe no te valora lo suficiente. Además, ves que el alquiler está por las nubes y encima no puedes ir a ver a tu familia tanto como te gustaría porque los vuelos están carísimos. Al final el sueldo de más que cobras aquí te lo gastas en billetes de avión.

En España están tus amigos y tu familia, que te esperarán con los brazos abiertos y plato de jamón en mano. Vale que la situación laboral no sea óptima aún (o esté, mejor dicho, lejos de serlo) pero nadie es perfecto y al final, después de tu experiencia viviendo en el extranjero, no te resultará tan complicado encontrar algo para trabajar “de lo tuyo”. Encima tendrás tiempo de disfrutar esa cervecita al sol los jueves al salir del trabajo.

Poco a poco, este deseo de volver se convierte en la idealización de todo lo que dejaste allí. Lo cual contribuye a que cada vez estés con menos ganas de estar en ese país al que con tanta ilusión llegaste hace unos años.

Te decides a dar el paso

Por fin te decides a dar el paso. Puede que hayas encontrado un trabajo en la distancia o puede que no. Tanto si decides liarte la manta a la cabeza y volver sin nada, como si has tenido la suerte de encontrar un trabajo para tu nuevo comienzo en tu país de origen, estás pletórico por volver. Vendes los muebles de tu casa al siguiente inquilino y te desplazas con lo justo. No puedes esperar a volver a disfrutar de la luz diaria del sol y de los fines de semana con tus amigos de siempre.

Tu entorno ha seguido su vida

El chasco viene cuando al regresar, te das cuenta de que sí, en España hace sol muchos días, (dependiendo de la zona en la que vivas) pero tú trabajas en una oficina sin terraza doce horas diarias. Además, tu nueva empresa no es tan guay como te la habías imaginado. Tus compañeros son algo mayores que tú, están casados y con hijos, y no entra en sus planes salir todos los jueves de cervezas y a lo que surja.

Tus amigos de siempre no viven ya allí donde lo hacían hace unos años. Se han casado, algunos tienen hasta hijos, y no disponen de tanto tiempo libre para hacer planes los fines de semana como antes. Tu esto ya lo sabías (no es que se hayan casado a tus espaldas) de hecho, fuiste testigo de boda de alguno de ellos. Pero de algún modo, son pequeños detalles que se te han ido pasando en tu reconstrucción de la vida ideal que te esperaba al volver.

Ahora echas de menos tu país de acogida

Es entonces cuando empiezas a mirar a tu alrededor y ya no sólo ves que en España está el buen tiempo, tus amigos de siempre y tu familia. Empiezas a ver que tampoco vivías tan mal en tu país de acogida. Tu trabajo te gustaba más y tenías más posibilidades de cambiar si la cosa se torcía. Ves que el piso donde vivías estaba mejor acondicionado que el de ahora, donde tienes que dormir con calefactor en los pies y dos mantas en la cama. Además, echas de menos a las amistades que dejaste allí y la mentalidad de tu otro país en ciertos aspectos. (No, si al final va a resultar que hasta hiciste buenos amigos…).

Hemos entrado en bucle

¿Tú también te has dado cuenta, no? Hemos vuelto al origen, a esa ansia por salir fuera y descubrir mundo. Por conocer gente nueva y probar suerte profesionalmente. Pero ahora sabiendo lo que hay. Teniendo ya contactos en el exterior y con una visión más objetiva de lo que te ofrece cada sitio. Al final el Síndrome del Viajero Eterno consiste en esto. No estás completamente satisfecho ni en un sitio ni en el otro. Allá donde estés echarás de menos lo del otro lado. Has conocido la parte buena y la menos buena de ambos lados (o de muchos más si te has movido por varios países) y al final echas de menos lo que no tienes, porque permíteme que te recuerde una cosa, todo en un mismo sitio no se puede tener.

¿Y ahora que hacemos?

No queda otra que hacer un ejercico de objetividad y valorar lo que tenemos en cada lado. No se puede tener todo en esta vida. Asúmelo, hay que elegir. Todo el mundo lo hace. Valora lo que te hace más feliz y toma decisiones en consecuencia. No idealices ni lo uno ni lo otro. Piensa que eres un afortunado por haber podido vivir la experiencia de vivir un tiempo prolongado en varios sitios. Eso te hará conocerte mejor e identificar antes lo que quieres.

¡Suerte con ello!

 

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2 comments

  1. Tienes mucha razón en lo que escribes. Yo hay algo a lo que me acostumbré en Alemania, y es a la puntualidad. El día que vuelva a España voy a tener que lidiar con eso. Si quedamos a las 5, yo a las 5 menos dos minutos estoy allí! jeje. Saludos

  2. […] Que se lo piense, que no hay vuelta atrás (risas). Hay ya bastante escrito sobre esto; me refiero al «síndrome del viajero eterno». […]

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