A ti, que estás a punto de ser padre

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Ya sabes que este es, por lo general, un rinconcito que suele ir más dirigido a chicas que a chicos. Sobre todo a aquellas que, de un modo u otro, están interesadas por el mundo de la maternidad en Alemania. Que si un post sobre ropa premamá por ahí, otro sobre la lactancia por allá… Sin embargo, hoy tengo la necesidad de dirigirme a ti, que estás a punto de ser padre. Te dedico estas palabras desde el cariño que se las diría a un hermano o a un buen amigo que se encontrase en tu situación.

A ti, que estás a punto de ser padre

La paternidad no es fácil. Seguramente, ya habrás notado algo de esto durante el embarazo. Tu chica alberga a vuestro bebé durante algo más de nueve meses, mientras tú prácticamente aún ni te enteras de qué va la cosa. Náuseas, cansancio, hambre a deshoras o cambios de humor, van causando los primeros estragos. Tú observas todo desde fuera, a veces impotente y otras, algo más indiferente.

Una amiga me dijo, hace ya algún tiempo, que una madre se convierte en madre el día que se queda embarazada. Desde ese día, su cuerpo empieza a cambiar. Sus costumbres poco a poco, también. Su mundo deja de girar en torno a ella para girar en torno a ellos (ella y el bebé). Deja de fumar o de beber alcohol. ¿Por ella? No, por vuestro bebé. Empieza a cuidar la dieta e intenta hacer algo de deporte de ése que dicen que les viene bien a ambos. Un poco de Yoga por un lado y algo de Pilates por el otro.

Mientras tanto tú, futuro padre, observas todos estos cambios desde la barrera. Sigues tomándote esa cerveza que tan bien te sienta por la noche y saliendo a correr de vez en cuando como antes. Tu mundo sigue girando en torno a ti. El embarazo sigue su curso. Citas con el ginecólogo o la matrona que tu chica debe compatibilizar (sí o sí) con su trabajo. Pero tú, futuro padre, ya veremos. Según estés de trabajo y tenga el humor tu jefe.

Llega el día en el que, ya con una barriga considerable, el médico decide dar la baja a la futura madre. Es hora de bajar el ritmo, ya que la fecha del nacimiento se acerca. De un día para otro, la vida de esta mujer, tu chica, cambia por completo. Ahora tiene todo el día para lo que antes apenas sacaba un par de horas a la semana. Ir a nadar, pasear, quedar con amigas o salir a cenar.  Suena bien, ¿eh? Sí, si no fuera por esa ciática que le martiriza cada vez que se sienta o se pone de pie. Ése dolor de espalda que no le deja dormir o esa acidez de estómago que impide que disfrute de su pizza favorita. (O que empiece a odiar el chocolate aunque antes le encantaba).

Y eso sin mencionar el “comedero de cabeza” que seguramente se trae con el tema del parto. Todo el mundo dice que duele mucho, pero al final la mayoría repite. Tan horroroso no será… A mí desde luego que me pongan la anestesia epidural nada más entrar por la puerta del hospital. Aunque dicen que no es lo mejor para el bebé y que además tiene sus riesgos… ¿Y si al final me tienen que hacer una cesárea? . Mientras, tu cabeza sigue puesta en esa reunión que tienes que preparar para tu trabajo, o el partido que televisan esa noche.

Resumiendo. Lo que pretendo decirte a ti, que estás a punto de ser padre, es que esto ya ha comenzado. Aunque no veas al bebé, aunque aún no hayáis montado la cuna y los juguetes sigan en su sitio. Tu responsabilidad (así como la de tu chica) ya ha empezado.  ¿Y eso? Porque tu responsabilidad no se limita únicamente a tu bebé, sino también a la madre de éste, tu mujer. Una madre que está viviendo un tiempo único en su vida. Donde tanto física como psicológicamente, está experimentando cambios sin saber muy bien por donde le vienen. Una madre, tu pareja, que te necesita mucho más de lo que ella llegue probablemente a admitir nunca, y de lo que tú puedas imaginarte. Aunque el embarazo lo experimenten sólo las mujeres, estos nueve meses son cosa de vosotros dos.

¿Y qué puedo hacer? Te estarás preguntando. Puedes comenzar intentando (de verdad ¿eh?, poniéndole interés) acompañarla a las revisiones del ginecólogo, incluso aunque ella te diga que no hace falta. Animarla a salir con sus amigas (después lo echará de menos) o a ir a esa clase de Yoga (aunque el horario le venga fatal y esté que no pueda con su alma), que tan bien le viene para aprender técnicas de respiración y entrar en contacto con más mujeres en su situación. Involúcrate en sus miedos, aunque algunos te suenen a chino (¿Episotomía? ¡¿Pero eso que es?!). Y otra cosa. No la dejes sola si no es necesario, sobre todo en las últimas semanas.

En definitiva, asegúrate de que sabe que tú tienes muy presente que el embarazo es cosa de dos y no sólo de ella. (Aunque por gentileza de la naturaleza, de momento sea ella la única que viva la maternidad con una criatura metiéndole el pie bajo las costillas cada vez que se descuida).

Por último, ten paciencia. Las hormonas juegan malas pasadas y es verdad que, a veces, no nos entendemos ni nosotras mismas. (Aunque a menudo no lo admitamos y niegue en todo momento que estas palabras hayan salido de mis manos). Respira y ármate de comprensión y empatía, porque sólo así la podrás ayudar. Así estaréis sentando las mejores bases para lo que se avecina. Si los dos permanecéis unidos y en armonía, vuestro bebé lo notará nada más llegar, y los tres lo agradeceréis.

Espero que te tomes estas palabras con el cariño con el que las he escrito. Nadie es perfecto ni nacemos sabiendo. Te deseo que salga todo genial y que disfrutes al máximo de la experiencia de traer a un bebé al mundo. Ser padre te cambiará para siempre y sacará a relucir una parte de ti que ni tú mismo conocías. ¿Qué no? Ya me lo contarás 😉 .

 

 

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